martes, agosto 15, 2006

El Jardín, primer cuento del libro Cuatro Cuartos

El Jardín

… en el nombre del padre…


Tiene un cuerpo suave. Piel blanca, cremosa; espuma de mar que se violenta; piel de agua que hunde la manos de Pedro en sus cavernas rojas y calientes.
Mar de aguas calientes…
— ¡Qué suave es el mar del cuerpo!
Andrea abre los ojos para mirar el día que llega. La sábana de seda se confunde con su piel —ambas blancas y suaves— y toca el cuerpo que también es cremoso. Ella duerme desnuda para que la noche la bese recorriéndola entera; por unas cuantas horas es carne de la oscuridad plena. Las manos de Pedro tocan los senos duros. Andrea responde al contacto con esa mirada cristalina como el océano de violenta y concupiscente espuma. Andrea abre las piernas y Pedro se acerca para anidar en aquella guarida.
La marea sube de intensidad y produce olas que hacen temblar el cuerpo entero hasta dejarlo exhausto. Entonces todo se calma, se apaga. Pedro acaricia la carne desnuda.
— Te quiero —dice él.
— ¿Me quieres? —pregunta ella.
— Te quiero, Y tú ¿me quieres?
— ¿Y tú me quieres? —vuelve a preguntar.
Lentamente ella se levanta. Abre el grifo y el agua recorre hasta el último pétalo de aquella flor nueva. Él sale de la habitación, cruza la puerta y empieza a transitar el habitual camino, el sendero de siempre.
Las calles por las que va pasando se ven oprimidas en una cáscara de cemento; finitas, pesadas, secas y muertas. Opresivas también cuando el andar lento y tortuoso se vuelve por el espacio que se cierra, transformando la atmósfera en densa y espesa. En medio de ellas se cobija la casa donde él todos los días se dirige. En ella trabaja intensamente para formar una nueva estructura y construir un jardín dentro.
Llega a la esquina. Se detiene para mirar la apariencia de aquel espacio hermético.
Un pesar lo gobierna.
— Falta tanto por hacer. La fuerza que para acrecentarse necesita siglos en cualquier hombre debo sintetizarla en algunos años de existencia. Se requiere mucha voluntad para poder reconstruir esta casa. Hay que organizarla otra vez, armarla de tal forma que llegue a ser una nueva creación, más hermosa. Tiene que tener un jardín, no puede ser hermética como estas malditas paredes. Tengo que culminar mi obra, no quiero padecer ante mi propia fuerza. Necesito juventud, sólo así el vigor podrá sobrellevarse. Debo detenerme en la juventud durante el tiempo que conlleve la existencia. Y así, sólo así…
Toma valor y avanza hasta llegar a la puerta. La puerta es de madera pesada; grita de horror cuando la mano de Pedro la empuja. Al abrirse cruje, gruñe, escupe un grito seco; luego el silencio deviene aislando de la luz del espacio de afuera que no logra entrar al de Pedro.
— ¿Qué hay en esta casa? Nada sino yo mismo. Sin día, sin noche… ni luz ni oscuridad. Sólo yo, como un círculo vicioso que se absorbe y consume. Yo, como una fruta en putrefacción. ¿Yo? También es nada.
Siente un hueco, un vacío.
— Me falta un pedazo que alguien debe llenar.
Dolor y espanto conlleva el estar ausente del afuera, en el espacio interno que nos habita, aislados de toda circunstancia. Solamente los ojos capaces de abandonar el afuera pueden mirar y penetrar los jardines que se van construyendo toda la vida.
Para los hombres que saben destrozar los muros que los encierran y marchitan fundidos en una cadena, el jardín existe.
— En este lugar indefinido mi jardín está creciendo. Será un espacio único para ser habitado con ella y lo veo surgir entre mis manos, con mis manos.
Está el sentido de su existencia en aquella casa donde se oculta el jardín todavía indefinido. Es como un palacio que tan sólo tiene sentido con una reina que lo habite. Andrea es parte del jardín; de alguna manera, ella es el jardín.
Toma un martillo y observa los muros que no le agradan. Las manos duras y fuertes empuñan el mango decididamente, con fuerza, como si quisieran ellas ser también martillo, tratando de fundirse en el mazo del hierro.
Un impulso. Un golpe que destroza el silencio. Un grito.
— ¡Andrea!



… del hijo…


La mirada de Andrea brilla como el sol en el agua. Cada rincón del espacio de su cuerpo es juventud, vida, suavidad y dulzura. Tranquilidad y calma se respira ante aquella presencia y belleza que en toda su piel recorre.
La silueta se dibuja en el aire que la cubre , luminosa y hermosa como el día, pero a la vez enigmática, espantosa, como la más oscura noche. Andrea suele contemplar la luna y las estrellas, ama las noches intensamente, a la carne de la oscuridad. Ella es todo para sí misma y es la única habitante se sus pensamientos.
Con un estar de princesa empieza a vestirse. Poco a poco la seda roja cubre la espuma de su mar cremoso, ocultándola entera.
Sale a caminar para que el sol observe su paso noble por el sendero a ninguna parte, lineal e intrascendente, trillado como el trayecto de siempre.

Justo en aquellos momentos Pedro escucha caer la primera piedra del muro que va derrumbado. Sus músculos en tensión. Sus manos con esa intensidad letal que padece todos los días.
Una sonrisa se dibuja en sus labios, una sonrisa de triunfo ante el primer obstáculo que empieza a declinar ante la fuerza de sus brazos.
Una vez, dos veces, tres veces suenan los ruidos del martillo que golpea las piedras que parecían indestructibles. Todas, poco a poco, van cayendo ante la fuerza conjunta del martillo y las manos. Mucha fuerza de voluntad se requiere para poder asumir el carácter destructor y creador de su conciencia demoledora.
El primer muro se derrumba.
Pedro observa el paisaje que se presenta a través del hueco que ha provocado. Ninguna sensación se compara ante semejante hazaña; no existe paisaje alguno similar a esa visión triunfante. Él y nadie más puede engendrar la fuerza destructora. Júbilo en su cuerpo, euforia de un vencedor y gobernante de su reino. El goce del poder es un vicio irreversible. Luego de la primera hazaña siguen otras cada vez más intensas. Las murallas caen. La sonrisa de Pedro, poco a poco, se transforma en una histérica carcajada. Quiere crear su propio espacio para habitarlo con ella. Y el espacio efectivamente estaba siendo creado.
— Por hoy basta.
Entonces deja el martillo en un rincón del cuarto, atraviesa la puerta y empieza a recorrer el camino de retorno hacia el lugar donde ella lo espera.
La puerta se cierra de golpe e inmediatamente los brazos de Andrea rodean a sus brazos cansados.
— No debes ausentarte tanto tiempo. ¿No te das cuenta de lo mucho que te extraño? Príncipe de mis más dulces sueños.
— Hoy he trabajado intensamente, creo haber adelantado muchos días de trabajo y solamente lo hice por ti, para poder aprovechar el tiempo contigo aquí a mi lado.
— Me parece perfecto.
— Tú sabes que no hay obstáculo que pueda detenerme para estar contigo. Todo por ti lo hago. Todo por ti, mi amor, todo.
— Eres tan dulce…

En las noches Pedro continuamente sueña pesadillas. Las más horribles visiones invaden su estar nocturno. La obsesión del paisaje del jardín está en todos los instantes, presente en cada segundo y cuando la noche abre sus oscuros ojos y miran a Pedro, atormentan el cuerpo cansado de luchar de día. Entonces el jardín muestra su otro lado que también es infierno, fuego que calcina, dolor intenso, podredumbre, impotencia, fracaso, vacío, sequedad, vejez. Es el todo del hombre, vida y muerte. Para él no es digno, no es posible ocultar el rostro completo del hombre; el jardín es una manera de asumir una condición humana, mundana. El jardín es un espacio para el hombre tal y como es, entero, completo, asumido, sin caretas que oculten una mirada viciosa y perversa, una mirada reprimida y enferma. El jardín es un mirarse de frente para poder soportarse, es un reír de lo que se llora y un llorar de lo que se ríe, es un padecer la vida y la muerte simultáneamente. Toda esta vivencia se manifiesta en sueños, en pesadillas. Por eso, generalmente, las noches son para él un tormento y tan sólo la presencia de Andrea hace llevadera esta situación extrema.

El eco de una piedra que cae retumba en el espacio de la casa. La piedra salpica en miles de pedacitos, cede ante la fuerza de Pedro. El mismo Pedro cede ante su propia fuerza.
El portón de madera pesada, las ventanas que ocultaban el mirar de la calle, hacían de la casa un lugar impenetrable. Sin embargo, Pedro había empujado la puerta, venciendo la pesadez y el hermetismo de la casa. La convicción y la fuerza de Pedro traspasaron la puerta y trabajaban intensamente para hacer de aquel espacio una creación sublime, más allá de toda potencia racional, más cerca de la vitalidad y el instinto. Una fuerza bruta e irracional se necesita para formar y deformar el espacio indefinido del carácter. Así lo entendió Pedro y así lo hacía. Muro, piedra y tiempo eran vencidos por su fuerza incontenible que nacía de la profundidad de su cuerpo.
— Quiero que la calle me mire.
Y entonces Pedro, agarrando el mazo, destroza un pedazo de muro que permite la entrada de la luz del día y que permitiría también a la noche habitar su espacio. Ya con luz, con día y con noche, Pedro abandona la casa y va caminando por entre las calles, mirando como ellas le miran; orgullos las recorre sabiendo que las calles le envidian al obligarlas a ver a través de la ventana, la formación de su jardín en el interior de la casa.

El cuerpo desnudo de Andrea, cubierto tan sólo por una sábana blanca, espera al cuerpo cansado de Pedro. Él penetra la piel de la caverna y amanecen abrazados, recibiendo con orgasmos, quejidos de placer y cuerpos transpiran con el sol de la mañana que atraviesa la ventana anunciando los buenos días.
Andrea acerca los labios al oído de Pedro y le dice:
— Es un sábado hermoso, lleno de vida. Con un sol radiante, vivo, doloroso e intenso. Así, un sábado más.
Domingo.
Odian el domingo, por eso la pasan encerrados en la habitación durmiendo todo el día. Enclaustrados.
Lunes.
Las manos duras, firmes, hechas de piel y hueso, van rompiendo los muros. Otro más cae. Otro obstáculo queda convertido en infinitos granos de polvo. Así es la lucha. Así la fuerza. Mientras golpea, recuerda lo que su amada le dice, cada día:
— El tiempo apremia, la carne se pudre, la vejez nos lleva y un día… ¿Qué haré entonces? La vida tiene el precio del tiempo. Pedro, no sé si estaré dispuesta a pagar tan alto precio, no sé si mi piel pueda hacerlo.
Así, Pedro, cada vez más fuerte y más fácilmente las piedras ceden.
Pedro se exige sobrepasando todo límite, se desgasta en su propia fuerza, se aniquila.
— ¡Por ella!
Y las piedras caen. Mas ventanas se abren, las calles sienten mayor envidia y él cada vez más muere.
— Los muros son una carga pesada. Mi joroba, mi pesadez, mi estorbo. Ya no quiero más muros ni una cárcel que impide que el sol y la luna me miren. Además, deseo que las calles se mueran de envidia cuando vean la belleza de mi jardín infinita. Los muros son sumamente pesados para poder mantenerse en el espacio ligero que quiero crear. Por eso, para poder crear, es necesario destruir todos los muros de este mi lugar.

Y muro tras muro siguen cayendo. Pedro: el gran demoledor de su propia conciencia.
— No puede durar mucho tiempo el trabajo destructivo, pues tardaré más al intentar reconstruir otro. ¡Mas aprisa! ¡Más velocidad! `Más fuerza!… Hay que matar a este camello que hay dentro de mí para hacerme ligero, sin estas malditas jorobas.

Cuando los muros termina de caer se levanta frente a él la imagen de un paisaje hermoso. Es realmente un jardín libre e infinito . El horizonte se pierde ante sus ojos sólo queda la imagen de un horizonte sin horizonte. Hermoso como ningún otro paisaje. Intenso como la realidad más sufrida. Destructor como la muerte más horrenda. El enorme espacio que se ha abierto frente a su cuerpo le produce vértigo, cree estar cayendo a un hueco que no termina nunca, precipitándose en la distancia, en una espesura inalcanzable. Nada está, Nada hay. Espacio virgen… Ansioso de ser penetrado, formado… ansioso de ser violado.
Ahora es imposible dar marcha atrás en la formación del jardín, ahora lo única que le queda es seguir, ya sin muros, sin pesos, sin jorobas.
Construir o morir. Es una sentencia definitiva.
Ahora solamente le queda seguir.


… del Espíritu Santo…


—¿Ya soy ligero? … ¿estoy ligero ahora? … y ¿qué hago con tanto espacio? … ¿qué voy a hacer? …
Las calles le miran más que nunca. El cemento mira desde afuera el espacio infinito.
Un silencio se está omnipresente .
Cruel.
Ni siquiera quedan escombros de los muros caídos, ni una señal de pesadez, ninguna presencia corpórea sino la de su propio cuerpo.
El silencio está presente, pero sin cuerpo. El jardín está formado d silencio, todo en él silencio.
Pedro mismo silencio.
Espacios largos…
El cuerpo de todos los cuerpos: el espacio.
Empieza a recorrer el jardín con un andar lento, sereno. Un andar tenso y cauteloso.
No hay eco.
— … ¿qué hay?… ¡aquí no es!… ¡no hay nada!… ¡aquí no hay nada!… ¡aquí no hay nada!…¡nada!
Pero hay silencio, y vacío, y presencia, y cuerpo. Hay un espacio infinito.
— ¡Andrea!…
Intenta retroceder y escapar de su mundo, pero no hay atrás ni adelante. No es posible retroceder, no hay dónde hacerlo.
Quiere mirar atrás la calle y no la encuentra.
Empieza a correr desesperadamente buscando la calle que se ha perdido. Corre a buscar el camino hacia su casa. Corre para regresar a la habitación con puertas y ventanas, a la luz del sol y de la noche. Corre hacia el mar de espuma y crema, hacia la caverna caliente y roja, hacia la suavidad, hacia la piel blanca. Corre a mirar el sol. Corre hacia afuera pero no llega, no avanza, no hay ningún lado, solamente jardín y un horizonte sin horizonte que lo pierde en sí mismo.
— ¡Andrea!…
Y sólo él, con su silencio, con su espacio infinito.
Solo.
Completamente solo.
Solo.
El jardín se ha extendido más allá de sus límites, ha devorado toda circunstancia ajena a él mismo.
—… pero ¡yo no quiero estar conmigo!… ¡esto no era para mi!… ¡quiero que alguien más entre, no importa quién, sólo quiero que alguien más entre!… ¡Yo no!… ¡por favor, yo no!…
Silencio.


… amén


— … quiero salir de aquí y no puedo hacerlo… había emprendido todo esto por amor a Andrea… para hacerla parte de mí en un espacio distinto… más nuestro… quería que nos apartásemos de las calles que nos miran… de los muros que no nos dejaban mirar el horizonte… pero estoy aquí… rodeado de mi propia presencia… escuchando a mi voz nombrar el vacío… escuchando el silencio que hay dentro de mí… escuchando a mi soledad gritar de melancolía… si hubiera sabido que era de esta manera jamas habría entrado… no… no me quiero lo suficiente como para soportarme ausente del afuera… tan lejos de la suavidad y la dulzura de la caverna que me cobijaba… no puedo seguir solo… no quiero… no me quiero… cómo puede ella ver todo esto, si esto habita en la profundidad de mi cuerpo… son mis visiones, es mi mundo… mío, tan sólo mío… mi creación, lo que siempre he buscado… pero yo no lo quería para mí… ser para otro… para redimir mi existencia… era ese el sentido de mi vida… ser para otro… no me basto… he penetrado muy hondo … mi soledad es vacía… dentro mío sólo tenía vacío… podría seguir creando de una manera más libre,… más auténtica… gozar entero de la infinitud y de la distancia… podría embadurnarme de mí… aquí hay todo por hacer… nada está hecho… todo se puede… aquí podría ser yo…¿yo?… también eso es nada…¡para mí no quiero nada!… no quiero estar aislado… ¿para quién crear?… ¿para mí?… ¿y qué hago yo conmigo?… no… de ninguna manera… yo no me gusto… no me quiero… no me basto lo suficiente… no… no quiero…
Su mirada ya no mira sino su propia mirada, su cuerpo se enfría, las manos tiemblan, el rostro tenso y rígido, está pálido, asustado, desesperado, transpira, grita, se araña la cara. Llora. Lentamente empieza a intensificarse la soledad absoluta de su presencia. Cada vez más se siente. Siente sus dedos, sus manos, sus brazos, su piel entera, su cuerpo entero. Está demasiado presente, sin nada que pueda distraer ese estado de conciencia.
— …yo… yo… yo… yo
La respiración, m,ás agitada. Corre tratando de escapar pero en todos lados se encuentra. Trata de tranquilizarse pero es inútil. Imposible. En cada momento se siente aún más lo irreversible de su destino.
— …¡ahh!
Un grito largo y prolongado. Un grito inútil. Ya no puede resistir. Tiene que acabar con todo eso.
— …tiene que acabarse!…
Ya débil y exhausto profiere su último grito. En cuestión de segundos se cruza por su conciencia todo el camino que había recorrido. Admite la derrota frente a sí mismo, admite el fracaso y decide abandonar la lucha para siempre. Lentamente se va persignando:
— …en el nombre del padre…
Su mano se va acercando a la frente, su cabeza, espacio de la mente creadora.
— … del hijo…
Se toca el pecho, el corazón.
— …del espíritu santo…
Por unos instantes, los labios se cierran. Hay un silencio mientras suavemente besa sus dedos.
Hasta que finalmente:
— … amén.
Y entonces, el espacio infinito se cerró para siempre

Fin de El jardín

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