La quietud del día

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Sólo para cardiacos (en construcción)
La Quietud del día
Oscar E. Jordán Arandia
ACTO PRIMERO
— Es mediodía. Lo sé. Pese a que no mido el tiempo en mi muñeca. Pese a la ausencia total de recorrido, transformación y velocidad en mi camino. Pese a una luz que no brota en mi lámpara vacía y hueca de mi cuarto interno, interior, hermético, propio, sólo para mí, Medio día y no sé porque tengo esta certeza del tiempo si ni el sol, ni las sombras ni nada visible me guían o me dan pautas de la hora. Pese a mi fingido desinterés por seguir y controlar la marcha de las horas, estoy pendiente de cada instante que deja, como una huella, el tiempo. Y en medio de la quietud que gobierna en esta mitad del día escucho la voz de Flores:
— Con su permiso, mi Coronel. Le traigo un asunto.
— ¿De qué tipo?
— No sé muy bien; criminal, supongo.
— Sargento, ¿Me está haciendo un test o qué? Vaya al grano. Es una orden.
— Hay un sujeto afuera que mató a su mujer, mi Coronel.
— Vaya, pues tómele declaraciones y lléveselo al calabozo.
— No puedo, mi Coronel.
— ¿No?
— No, mi Coronel.
— ¿Quiere una invitación formal o se va dejar de estupideces y me va decir qué es lo que le pasa a usted, al sujeto ese y a su crimen?
— Mi Coro…
— Silencio, traiga al sujeto ahora mismo, lo quiero interrogar. Llévese este cenicero y cómpreme un paquete de cigarros.
— Sí, mi Coronel. Permiso.
— Siga usted. ¡Ah, Flores!
— ¿Sí, mi Coronel?
— Tráigame también dos botellas de agua, una caja de fósforos y una botellita pequeña de Old Par.
— ¿Al fie, mi Coronel?
— Al fie.
— Si, mi Coronel ¿Algo más?
— Sí. Dese prisa.
— Sí, mi Coronel. Permiso.
— ¡Ah! Flores.
— ¿Si mi Coronel?
— Ciérrese la bragueta, arréglese la camisa y póngase desodorante, está que apesta.
— No tengo desodorante, mi Coronel.
— Que le fíe la señora de la tienda.
— Sí, mi Coronel. Y gracias. Permiso, Coronel. Perdón. Mi Coronel.
— Y pensar que la ciudadanía confía su seguridad a policías de caricatura como el pobre Flores.
— Con su permiso, mi Coronel, le traigo al sujeto.
— Me llamo O Jota.
— Usted se calla y no habla ni una palabra hasta que se le ordene.
— Bien dicho, mi Coronel.
— Y usted Flores, cállese y tiene 35 segundos para traer todo lo que le pedí. Y pobre de usted que no huela a rosas cuando regrese.
— ¡Eee! Claro, mi Coro...
— Adiós, Flores.
— Sí, mi Coronel.
— Fuera.
— Sí. Sí, sí…mi Coronel.
— Pero, ¡santo cielo! ¿Habrá cretino más arrastrado que este?
— No lo sé.
— Nadie le preguntó nada a usted. Cállese.
— Perdón.
— Cállese, dije. ¿No entiende?. Qué barbaridad, dos cretinos en una sola mañana. Qué extraño sujeto. No pareces criminal. Esa mirada no la tiene un asesino... Nombre.
— O Jota.
— Nombre completo, imbécil.
— O Jota Paz.
— ¿Qué?
— O Jota Paz.
— Ya le escuché. ¿O es inicial, su apodo, o qué?
— Mi nombre de pila.
— “Mi nombre de pila”, señor.
— Mi nombre de pila, señor.
— Así está mejor. Ocupación actual.
— Viudo.
— ¡Huevón! Ocupación: a qué se dedica, qué hace además de joder a los policías.
— Me dedico a la viudez. O sea, ni bien maté a mi mujer —mejor dicho, mi ex mujer; más bien, mi difunta ex mujer— me dediqué a vivir la vida como cualquier viudo común y corriente. Señor.
— Edad.
— 26.
— Estado civil.
— Ya le dije. Viudo.
— Profesión.
— Aprendiz.
— ¿Aprendiz de qué?
— De viudo.
— Tres días de cárcel por chistocito.
— No es justo.
— Sí, lo es.
— No, pero en fin, señor.
— Antes de dedicarse tiempo completo a su vida de viudo, se puede saber qué hacía.
— Escribía.
— Muy bien, estamos avanzando.
— ¡Mi Coronel!
— Flores, esta no es su casa. Toque la puerta de mi oficina antes de entrar.
— Perdón, mi Coronel. Aquí están sus cigarros, cerillos, agua y Old Par.
— Gracias. Fuera.
— ¿No quiere oler mi nuevo desodorante?
— Fuera.
— Sí, mi Coronel. Doña Segundina, la dueña de la tienda, me pregunta cuándo va a cancelar, que ya son tres meses y se hizo mucha plata. ¿Qué le digo?.
— Fuera, imbécil.
— Ya oyó Flores, fuera.
— Tú cállate.
— No Flores, usted cállese y fuera de mi oficina.
— Continuemos. ¿Qué estudió usted?
— Letras, señor.
— Y ¿para qué?
— ¿Perdón?
— Nada.
— ¿Nada?
— Dice que mató a su esposa. ¿Es cierto o está usted mal de la cabeza?
— Sí, es cierto. Y sí, estoy mal de la cabeza.
— ¿Mató a su esposa?
— Sí.
— ¿Por qué?
— Por amor.
— ¿Cuándo?
— Ayer.
— ¿Cómo?
— La asfixie en la ducha.
— O sea, la ahogó.
— Mas o menos.
— ¿Dónde escondió el cadáver?
— En ningún lugar.
— ¿Dónde está?
— En mi auto, abajo, en el parqueo.
— ¿Por qué la mató?
— Ya le dije, por amor.
— ¿Eso es amor para usted?.
— Eso fue amor.
— ¿Se declara asesino confeso de su mujer?
— Sí.
— Nombre de la víctima.
— Zulma Montalbán.
— Edad.
— 28.
— Ocupación.
— Ama de casa.
— ¿Lo engañaba con otro?
— Sí, creo.
— ¿Por eso la mató?
— No. No, precisamente. Aunque confieso que ese fue el hecho que me obligó a tomar la decisión.
— ¿En serio la amaba?
— Como nunca antes había amado a nadie.
— ¿Ella lo amaba?
— Ya no. Creo.
— Creo, creo, creo ¿Puede ser más preciso?
— No me miraba igual que antes. Ya no estaba presente en su vida. Ya no había algo fuerte en ella que la atara a mí.
— ¿Y?
— Las noches eran vacías, aún durmiendo ella a mi lado. Los días se hacían una tortura si teníamos la desgracia de encontrarnos. Pelea tras pelea, riña tras riña, todo el tiempo era un ir y venir de insultos y agresiones.
— ¿De ambos?
— Ambos.
— ¿Acaso no la amaba?
— Sí. Pero eso nada tiene que ver. El amor no es una eterna vida de armonía, ternura y paz.
— ¿Si no?
— El amor es como la muerte. Temible y deseable a la vez.
— ¿Cómo se sintió después de haber cometido el crimen?
— Sin ganas de vivir.
— ¿Y ahora?
— Y ahora sé que estoy vivo y ella no.
— ¿La extraña?
— Hasta el acabamiento total de mi ser.
— ¿Usted cree que no podría haber otra solución que matarla?
— ¿Solución? ¿para qué?
— No sé, dígamelo usted.
— No quise solucionar nada. Sólo supe que sin su amor yo no podría nunca dejar de amarla.
— No entiendo.
— Me dolía el alma, me dolía el cuerpo, temblaba no comía ni dormía ni podía hacer otra cosa sino pensar en ella pensar en su amor, en ese amor que desaparecía inevitablemente como la luz de la tarde ante la llegada de la noche.
— ¿Y no se le ocurrió hablar con ella?
— Claro que hablé, pero no había cómo penetrar en su corazón. ¿Sabe? Yo aún la quiero, quizá ahora más que nunca.
— ¡Flores!
— Mande, mi Coronel.
— Revise el auto del señor O Jota Paz y verifique si hay un cadáver allí.
— ¿Cuál es su auto?
— Tome las llaves. Es rojo, Creo que no hay otro el parqueo.
— Enseguida voy, mi Coronel.
— Largo.
— Hace tres días que no duermo Y desde ayer, que cometí el crimen, no puedo pensar en otra cosa que en ella, su mirada, en su voz, en sus manos que daban calor y sentido a mi vida con sólo tocarlas.
— ¿Era hermosa?
— ¿Hermosa? Para mí era la mujer más hermosa del mundo. No había otra igual.
— ¿A qué hora la mató?
— Al medio día
— Mi Coronel…
— ¡Flores!, la puerta, toque la puerta antes de entrar. Así: toc, toc, toc. ¿Entiende?
— Perdón, mi Coronel. Informe de la revisión de¡ auto Toyota Corola, color rojo intenso, modelo 95, placa HZM; 201172. Detalle: se encontró 4 par de zapatos viejos; 2 frazadas; una toalla; 100 bolivianos; marihuana en cantidades considerables; 1 caja de cigarros (blancos); 3 pipas de estaño usadas para fumar la droga; una pistola de agua; una cuerda; un disco compacto de Pink Floyd que decía Final Cut; 6 lancheras; un pan duro; una salteña dura; una pizza caliente de jamón y queso Roquefort.
— ¿Y el cadáver?
— Cero cadáver.
— ¿No hay cadáver?
— Ni nada que se le parezca.
— ¿No encontró nada más?
— Sí, una foto de una mujer, tez blanca, cabello ondulado, la verdad que muy hermosa; pero estaba mojada.
— ¿La mujer?
— No, mi Coronel. La foto, la foto estaba mojada. Empapada.
— ¿Revisó bien Flores?
— Sí, mi Coronel.
— ¿Qué dice al respecto O Jota Paz?
— Que Flores es un imbécil.
— Cállate tú.
— No, Flores, cállese usted.
— ¿Me retiro, mi Coronel?
— Inmediatamente.
— Permiso, mi Coronel.
— O Jota Paz ¿Qué pasa? ¿Es una broma? ¿Está usted loco?
— Soy un asesino. Maté a mi ex mujer. La ahogué en la ducha. Lo juro. Por mis hijos.
— ¿Tiene hijos?
— Dos.
— ¿Dónde están?
— Con la madre de su madre, en otra ciudad.
— Quiero ver el cadáver O Jota Paz. Si no lo encuentro lo tendré que encerrar, pero no en la cárcel, en el loquero. O sea, más vale que sea usted un asesino porque sino…
— Al loquero.
— Exacto.
ACTO SEGUNDO
— O Jota Paz.
— ¿La encontró?
— ¿La foto mojada? Claro, que sí, y su salteña, su marihuana, todo. Menos el maldito cadáver.
— Pues allí está.
— Estaba. Se debió ir caminando porque allí no hay nada.
— Nada vivo querrá decir.
— Nada con forma humana. Ni viva ni muerta.
— ¿Buscó bien?
— ¿Cómo que si busqué bien? Le aseguro que un cadáver no se esconde fácilmente en un auto pequeño como el suyo.
— No es mío. Es robado.
— ¿A quién se lo robó?
— A mi mamá.
— O Jota Paz, creo que debo llamar a la división de asuntos patológicos a menos que me diga toda la verdad.
— La verdad está dicha.
— ¿Y el cadáver?
— En la cajuela.
— No hay tal.
— Busque bien.
— No hay cadáver.
— ¿Por qué me hacen esto?
— ¿De qué habla?
— De esto. Ocultar mi cadáver, hacerme creer que estoy loco y desvariando. No es justo. Soy culpable. He matado. Maté a mi ex mujer ¡Quiero la silla eléctrica!
— No hay silla eléctrica en este país. Y aún si la hubiera, sin el cuerpo del delito no hay delito.
— Entonces, ¿soy inocente?
— Por lo menos, de asesinato, hasta ahora, sí.
— ¿No me van a encerrar?
— ¿En la cárcel?, no creo. Por el momento.
— Me quiere llevar a un psiquiátrico, ¿verdad?
— Me temo, mi amigo, que no me queda otra salida. Me parece que se le averió un poco el cerebro.
— ¿Y Zulma?
— Ya encargué a mi gente para buscar el paradero de su supuesta difunta.
— ¿A Flores?
— Sí, a Flores.
— ¿Es de fiar?
— No.
— Ya decía yo...
— Mi Coronel, aquí Flores, reportando el cumplimiento de la orden emitida por el señor Coronel de la Policía en fecha 11 de abril: habiendo encontrado la dirección y teléfono de la señora Zulma de Jota Montalbán, procedí a verificar el domicilio por teléfono y dio la casualidad que la señora de Jota Montalbán fue quien me contestó, por lo cual concluyo que tan muerta no estaba.
— Flores, cállese. Mande por favor a alguien para traer a la señora Montalbán a mi oficina.
— Ya lo hice, mi Coronel.
— Entonces, gracias. Puede retirarse y cuando llegue la señora, hágala pasar.
— Sí, mi Coronel. Permiso.
— ¿Y bien? O Jota Paz está usted en problemas.
— ¿Por loco o por asesino confeso?
— Por ninguna de las dos cosas. Por un cadáver que no está muerto sino vivo y coleando.
— Zulma murió.
— Sí, sí… y usted la mató.
— Por fin. ¿Ahora me llevan a la silla esa? ¿La que a uno le pueden quitar la vida con sólo apretar un botón?
— Ya le dije. En este país no hay pena de muerte.
— ¿Y no podrían hacer una excepción?
— Yo creo que lo que usted quiere es morir.
— Sí, pagar la sangre con sangre.
— Le hago un trato. Si Zulma está de verdad muerta, yo personalmente me encargaré de que usted pague su deuda sangrienta con su propia sangre. Y si ella está viva quiero que se someta voluntariamente a un tratamiento psiquiátrico.
— ¿En serio?
— Sí.
— Acepto.
— Bien, deme la mano y sellemos un pacto.
— Sellado está.
ACTO TERCERO
— Nombre.
— Zulma Montalbán.
— Edad.
— 28
— Profesión.
— Ama de casa.
— Estado civil.
— Casada.
— ¿Hijos?
— Dos.
— ¿Está usted viva o muerta?
— Viva, hasta donde sé y tengo noticias de ello.
— ¿Segura?
— Cien por ciento.
— Cómo se llama su marido?
— Ariel S.
— ¿Conoce al señor O Jota Paz?
— Sí.
— ¿Quién es él?
— Mi marido.
— No que se llama Ariel.
— Sí, pero se cambió el nombre hace poco.
— Su marido dice que ha cometido un crimen. ¿Está usted enterada de ello?
— No.
— Dice que la mató a usted ayer.
— ¿A qué hora?
— Al mediodía, pero eso qué importa si usted no está muerta.
— ¿Y cómo puede estar seguro?
— Porque usted me lo dijo.
— ¿Y cree ciegamente en lo que le dicen?
— Ciegamente no. La estoy viendo y no parece muerta.
— Las apariencias engañan.
— Bueno ¿Está muerta o no?
— No.
— ¿Y entonces?
— ¿Entonces qué?
— Pues, O Jota Paz es un loco o usted es un fantasma.
— Creo que ambas cosas son ciertas y falsas a la vez.
— ¡Qué maravilla! Tal para cual.
— ¿A qué se refiere?
— A nada. ¿Ama a su marido?
— ¿Qué tiene que ver eso con mi muerte?
— Pues, según la confesión del señor O Jota Paz fue un crimen pasional, por amor a usted y por no poder soportar su desamor.
— ¡Qué ternura de hombre!
— ¿Por qué? ¿Por matarla o por no poder soportar un amor no correspondido?
— Por ambas cosas.
— Es decir, ¿Usted no lo ama?
— No dije eso.
— No dice nada en realidad.
— Mire, la situación está muy difícil entre mi marido y yo.
— El dice que es su ex mujer.
— Sí, ya sé. Se fue hace poco de la casa. Nos vamos a divorciar.
— ¿Y?
— Sí. Estuve con otro.
— ¿Pero?
— No sé.
— ¿Lo ama?
— ¿A quién?
— ¡Uy! A su marido.
— No. No sé.
— En definitiva usted está viva y no hay porqué retenerla más aquí.
ACTO CUARTO
— ¡Flores!
— Sí, mi Coronel.
— Que pase O Jota Paz.
— Se fue, mi Coronel.
— No juegue conmigo, Flores. Ahora no.
— No es juego, mi Coronel. O Jota Paz abandonó el edificio sin que nadie lo viera.
— Búsquelo en casa de la señora Montalbán.
— Mi Coronel.
— ¿Qué pasa?
— No tenemos la dirección de la señora Montalbán. Ella vino por su propia voluntad.
— Dijiste hace rato, so cretino que…
— Mentí, mi Coronel.
— ¿Mintió usted Flores?
— Sí mi Coronel, quería que se sintiera orgulloso de mi, aunque sea por un momento.
— Que busquen el auto de O Jota Paz.
— El señor O Jota Paz se fue a pie, mi Coronel.
— Salga de aquí.
— Si me permite, mi Coronel, lamento decirle que no hay cómo ubicar a ninguno de los dos. Lo siento, mi Coronel.
— Salga, Flores. Por favor, váyase de aquí y no me pase ninguna llamada… Qué día más extraño... Y pensar que la tarde apenas comienza.
FIN DE LA QUIETUD DEL DÍA

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